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Los perros romanticos LA VISITA AL CONVALESCENTE
© trad. Jaime Riera
LA VISITA AL CONVALESCENTE
Es 1976 y la Revolución ha sido derrotada
pero aún no lo sabemos.
Tenemos 22, 23 años.
Mario Santiago y yo caminamos por una calle en blanco y negro.
Al final de la calle, en una vecindad escapada de una película de los años cincuenta está
la casa de los padres de Darío Galicia.
Es el año 1976 y a Darío Galicia le han trepanado el cerebro.
Está vivo, la Revolución ha sido derrotada, el día es bonito
pese a los nubarrones que avanzan lentamente desde el norte cruzando el valle.
Darío nos recibe recostado en un diván.
Pero antes hablamos con sus padres, dos personas ya mayores,
,
el señor y la señora Ardilla que contemplan cómo el bosque
se quema desde una rama verde suspendida en el sueño.
Y la madre nos mira y no nos ve o ve cosas de nosotros que nosotros no sabemos.
Es 1976 y aunque todas las puertas parecen abiertas,
de hecho, si prestáramos atención, podríamos oír cómo
una a una las puertas se cierran.
Las puertas: secciones de metal, planchas de acero reforzado,
una a una se van cerrando en la película del infinito.
Pero nosotros tenemos 22 o 23 años y el infinito no nos asusta.
A Darío Galicia le han trepanado el cerebro, ¡dos veces!,
y uno de los aneurismas se le reventó en medio del Sueño.
Los amigos dicen que ha perdido la memoria.
Así, pues, Mario y yo nos abrimos paso entre películas mexicanas de los cuarenta
y llegamos hasta sus manos flacas que reposan sobre las rodillas en un gesto
de plácida espera.
Es 1976 Y es México y los amigos dicen que Darío lo ha olvidado todo, incluso
su propia
homosexualidad.
Y el padre de Darío dice que no hay mal que por bien no venga.
Y afuera llueve a cántaros:
en el patio de la vecindad la lluvia barre las escaleras
y los pasillos
y se desliza por los rostros de Tin Tan, Resortes y Calambres
que velan en la semi transparencia el año de 1976.
Y Darío comienza a hablar. Está emocionado.
Está contento de que lo hayamos ido a visitar.
Su voz como la de un pájaro: aguda, otra voz,
como si le hubieran hecho algo en las cuerdas vocales.
Ya le crece el pelo pero aún pueden verse las cicatrices de la trepanación.
Estoy bien, dice.
A veces el sueño es tan monótono.
Rincones, regiones desconocidas, pero del mismo sueño.
Naturalmente no ha olvidado que es homosexual (nos reímos),
como tampoco ha olvidado respirar.
Estuve a punto de morir, dice después de pensarlo mucho.
Por un momento creemos que va a llorar.
Pero no es él el que llora.
Tampoco es Mario ni yo.
Sin embargo alguien llora mientras atardece con una lentitud inaudita.
Y Darío dice: el pire definitivo y habla de Vera que estuvo con él en el hospital y de
otros rostros que Mario y yo no conocemos y que ahora él tampoco reconoce.
El pire en blanco y negro de las películas de los cuarenta-cincuenta.
Pedro Infante y Tony Aguilar vestidos de policías
recorriendo en sus motos el atardecer infinito de México.
Y alguien llora pero no somos nosotros.
Si escucháramos con atención podríamos oír los portazos de la historia o
del destino.
Pero nosotros sólo escuchamos los hipos de alguien que llora
en alguna parte.
Y Mario se pone a leer poemas.
Le lee poemas a Darío, la voz de Mario tan hermosa mientras afuera cae la lluvia,
y Darío susurra que le gustan los poetas franceses.
Poetas que sólo él y Mario y yo conocemos.
Muchachos de la entonces inimaginable ciudad de París con los ojos enrojecidos por el
suicidio.
¡Cuánto le gustan!
Como a mí me gustaban las calles de México en 1968.
Tenía entonces quince años y acababa de llegar.
Era un emigrante de quince años pero las calles de México lo primero que me dicen es
que allí todos somos emigrantes, emigrantes del Espíritu.
Ah, las hermosas, las nunca demasiado ponderadas, las terribles
calles de México colgando del abismo
mientras las demás ciudades del mundo
se hunden en lo uniforme y silencioso.
Y los muchachos, los valientes muchachos homosexuales estampados como santos
fosforescentes
en todos estos años, desde 1968 hasta 1976.
Como en un túnel del tiempo, el hoyo que aparece donde menos te lo esperas,
el hoyo metafísico de los adolescentes maricas que se enfrentan
-¡más valientes que nadie!- a la poesía y a la adversidad.
Pero es el año 1976 y la cabeza de Darío Galicia tiene las marcas indelebles de una
trepanación.
Es el año previo de los adioses
que avanza como un enorme pájaro drogado
por los callejones sin salida de una vecindad
detenida en el tiempo.
Como un río de negra orina que circunvala la arteria principal de México,
río hablado y navegado por las ratas negras de Chapultepec,
río-palabra, el anillo líquido de las vecindades perdidas en el tiempo.
Y aunque la voz de Mario y la actual voz de Darío
aguda como la de un dibujo animado
llenen de calidez nuestro aire adverso,
yo sé que en las imágenes que nos contemplan con anticipada piedad,
en los iconos transparentes de la pasión mexicana,
se agazapan la gran advertencia y el gran perdón,
aquello innombrable, parte del sueño, que muchos años después
llamaremos con nombres varios que significan derrota.
La derrota de la poesía verdadera, la que nosotros escribimos con sangre.
Y semen y sudor, dice Darío.
Y lágrimas, dice Mario.
Aunque ninguno de los tres está llorando
LA VISITA AL CONVALESCENTE
È il 1976 e la Rivoluzione ha perso
ma non lo sappiamo ancora.
Abbiamo 22, 23 anni.
Mario Santiago e io camminiamo per una strada in bianco e nero.
Sul finire della strada, in un palazzo fuggito da un film anni cinquanta si trova
la casa deigenitori di Dario Galicia.
È l'anno 1976 e a Dario è stato trapanato il cervello.
È vivo, la Rivoluzione ha perso, la giornata è bella
malgrado le grosse nuvole che procedono lentamente dal nord attraversando la valle.
Dario ci riceve disteso su un divano.
Ma prima parliamo con i genitori, due persone ormai anziane,
il signor e la signora Scoiattolo che contemplano
l'incendio del bosco da un ramo verde sospeso nel sogno.
E la madre ci guarda e non ci vede o vede cose di noi che noi non sappiamo.
È il 1976 e anche se tutte le porte sembrano aperte,
di fatto, se facessimo attenzione, potremmo sentire come
una a una le porte si chiudono.
Le porte: sezioni di metallo, lamine di acciaio rafforzato, una dopo l'altra si stanno
chiudendo nel film dell'infinito.
Ma noi abbiamo 22 o 23 anni e l'infinito non ci spaventa.
A Dario Galicia hanno trapanato il cervello, due volte!
E un aneurisma scoppiò nel Sonno.
Gli amici dicono che ha perso la memoria.
Ecco, dunque, Mario e io ci facciamo strada tra film messicani degli anni quaranta
e arriviamo fino alle sue mani magre che riposano sulle ginocchia in un gesto
di placida attesa.
È il 1976 ed è il Messico e gli amici dicono che Dario ha dimenticato tutto,
persino
la propria omosessualità.
E il padre di Dario dice non tutto il male vien per nuocere
E fuori piove a catinelle:
nel cortile del palazzo la pioggia spazza le scale
e i corridoi
e scivola sulle figure di Tin Tan, Resortes e Calambres
che vegliano nella semi trasparenza sull'anno 1976.
E Dario comincia a parlare. È emozionato.
È contento che siamo venuti a trovarlo
La sua voce come quella di un uccello: acuta, un'altra voce,
come se gli avessero fatto qualcosa alle corde vocali.
Gli sono cresciuti i capelli, ma ancora si vedono le cicatrici della trapanazione.
Sto bene, dice.
A volte il sogno è così monotono.
Angoli e regioni sconosciute, ma dello stesso sogno.
Naturalmente non ha dimenticato di essere omosessuale (ridiamo),
come non si è dimenticato di respirare.
Sono stato sul punto di morire, dice dopo averci pensato molto.
A un certo punto crediamo che si metterà a piangere.
Ma non è lui che piange.
Non è nemmeno Mario né io.
Tuttavia qualcuno piange mentre cade la sera con una entezza inaudita.
E Dario dice: la fuga definitiva e parla di Vera che è andata a trovarlo in ospedale e di
altre facce che Mario e io non conosciamo e che adesso neanche lui riconosce.
La fuga in bianco e nero dei film degli anni quaranta-cinquanta.
Pedro Infante e Tony Aguilar vestiti da poliziotti
percorrendo con le loro motociclette il tramonto infinito di Città del Messico
Qualcuno piange, ma non siamo noi.
Se ascoltassimo con attenzione potremmo sentire lo sbattere delle porte della storia o
del destino.
Ma noi sentiamo solo i singhiozzi di qualcuno che piange
da qualche parte.
E Mario si mette a leggere poesie.
Legge poesie a Dario, la voce di Mario così bella mentre fuori cade la pioggia,
e Dario sussurra che gli piacciono i poeti francesi.
Poeti che soltanto lui e Mario e io conosciamo.
Ragazzi dell'inimmaginabile città di Parigi di allora con gli occhi arrossati dal suicidio.
Come gli piacciono!
Come a me piacevano le strade di Città del Messico nel 1968.
Avevo a quei tempi quindici anni ed ero appena arrivato.
Ero un emigrato di quindici anni ma le strade di Città del Messico la prima cosa che
mi dicono è che lì siamo tutti emigranti, emigranti dello Spirito.
Ah, le leggiadre e mai abbastanza apprezzate, le terribili
strade di Città del Messico appese sull'abisso
mentre le altre città del mondo
sprofondano nell'uniformità e nel silenzio.
E i ragazzi, i coraggiosi ragazzi omosessuali disegnati come santini fluorescenti in tutti
quegli anni dal 1968 fino al 1976.
Come in un tunnel del tempo, il buco che compare dove meno te lo aspetti,
il buco metafisico degli adolescenti froci che affrontano
- i più coraggiosi di tutti! - la poesia e l'avversità.
Ma è il 1976 e la testa de Dario Galicia mostra i segni indelebili di una trapanazione.
È l'anno prima di quello degli adii
che va avanti come un enorme uccello drogato
per le strade di un quartiere
fermo nel tempo.
Come un fiume di nera urina che circonda l'arteria principale di Città del Messico,
fiume parlato e navigato dai ratti neri di Chapultepec,
fiume-parola, l'anello liquido dei quartieri perduti nel tempo.
E anche se la voce di Mario e l'attuale voce di Dario
acuta come quella di un cartone animato
riempiono di calore la nostra aria avversa,
io so che nelle immagini che ci contemplano con anticipata pietà,
nelle icona trasparenti della passione messicana,
si nascondono il grande ammonimento e il grande perdono,
l'innominabile, parte del sogno che molti anni dopo
chiameremo con svariati nomi che significano sconfitta.
La sconfitta della poesia vera, quella che noi abbiamo scritto col sangue.
E seme e sudore, dice Dario.
E lacrime, dice Mario.
Eppure nessuno dei tre piange.
© Traduzione dallo spagnolo di Jaime Riera
NOTE

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